CONFIESO NO EXISTO

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Glasgow, United Kingdom
Olga Domínguez (Barcelona, 1979) es licenciada en Filosofía y graduada en Trabajo Social. "Medeidades" es su primer libro, que agrupa poemas escritos mayoritariamente entre 2010-2012.

jueves, 25 de enero de 2018

MI VIDA EN REPOSO; EL MIEDO

Tan solo en sueños, malos sueños. Pesadillas inquietas, sudorosas, de las que conducen al mal cuerpo. Te persiguen, te acechan desplegando un escaparate de violencias que reconoces pero a la vez desconoces. Quieren matarte y lo peor es que nunca lo consiguen. Al menos no de una vez. Te defiendes, huyes, pero todo comienza de nuevo cuando apenas habías alcanzado el primer respiro. Versiones del miedo a ser cazado, torturado o vivir huyendo. Entonces uno despierta y siente que la vida vivida con terror constante es otro asunto. No es que cambie la perspectiva, es que cambia el lenguaje y con él todo sentido. Y de repente, te haces algo más consciente de que así vive medio mundo aquí, de este lado, el real. Luego piensas que, seguramente, también se aprende a vivir con el miedo a cuestas. Sobre todo si has crecido en ese entorno, rodeado de peligros e inseguridad. Y con eso, torpemente, vas y te consuelas. Tú también serías capaz. Aunque, tras esos sueños, durante esos instantes en que ya despierta te sabes a salvo pero sigues sintiendo en la piel las secuelas físicas del miedo, comprendes que aquí, de este lado de la suerte, estamos hechos de otra pasta, fina y endeble. Y entiendes un poco más a Hobbes y las miserias del hombre. Y sientes que ya nada te autoriza a opinar, menos juzgar, desde esta ventana al mundo, desde este,  tu cómodo sillón de las seguridades.
Pero volviendo a aquello, tan solo en malos sueños había experimentado yo el puro miedo. Y luego momentos, aquellos con los que cargamos a cuestas las herederas del sistema patriarcal y su reparto asimétrico de privilegios. Algunas noches volviendo sola a casa por las calles de Barcelona o Glasgow, con las llaves repartidas entre los dedos, el móvil en la oreja mal fingiendo y el temor inherente a la certeza de los que sabemos que lo tenemos claro si nuestra vida depende en algo de que no nos alcancen cuando salgamos corriendo. O en el trabajo, escasos momentos, cuando, por poner un ejemplo, la vida se tensiona en un departamento psiquiátrico. Por segundos, la piel se congela y parece que notas fluir la sangre helada por tu cuerpo. Esos instantes en que se hace presente tu extrema vulnerabilidad, aquella que inevitablemente olvidas en el día a día: desproporción de fuerzas y cobardía. Y hasta aquí el reparto de mi experiencia con el pavor mundano. Lo que, al fin y al cabo, han sido temores pasajeros, ensayos del miedo.
Entonces un día, en el momento justo, cuando pensabas que ya los planetas no volverían a alinearse tan perfectamente en tu horizonte (ya la suerte, aquello que en última instancia no depende de ti,  te ha sido razonablemente favorable un número considerable de veces), con treinta y ocho años y una vida relativamente satisfecha, descubres que llevas tres semanas generando vida. Tú, que llevas tiempo planeando, fantaseando, decidiendo que aún estás a tiempo de establecer ese vínculo, que no crees en conexiones biológicas, solo afectivas y que sin dudarlo y de buen grado hubieras adoptado si hubiera sido una opción factible, descubres, no sé si en el día más feliz de tu vida pero indudablemente  en el más memorable, que estás embarazada.
Y es entonces, justo entonces, cuando la noticia, las hormonas, el inicio del cumplimiento de un deseo (la maternidad voluntaria, no lo olvidemos, es un deseo. Ni un derecho ni una necesidad, tan solo un deseo), cuando los planes proyectados cientos de veces en tu cabeza se convierten en visos de realidad haciendo que experimentes un estado de euforia emocional difícilmente clasificable, es entonces, justo entonces, cuando comienza el miedo. Para algunas nuevo, para muchas dolorosamente familiar. Ese, el inclemente y obsesivo miedo a un aborto espontáneo.
No es un miedo irracional ni absurdo, qué más quisieras. Lo apoyan estadísticas, factores de riesgo y un largo etcétera de eventualidades que no pueden predecirse. Si a esto se añade la detección de un hematoma retrocorial y su respectivo reposo asociado de un millón doscientos noventa y seis mil segundos al servicio de tu cabecita masoca, te garantizo que el miedo está servido. Y esto no tiene que ver con ser negativo. La actitud no es más que una estrategia de confrontación, no vayamos ahora a mezclar conceptos. La gente (me incluyo) nos ponemos muy pesados con lo de ser positivos. Pero es que llega un momento en que ya no quieres, no, ya no necesitas oír más aquello que tú misma has repetido a los demás cientos de veces, eso de que todo va a salir bien. Que se agradece, que te sientes arropado por la emisión de buenos deseos, que qué te van a decir ante situaciones de este tipo (si es que nuestro repertorio expresivo ante la adversidad es limitado, qué le vamos a hacer si no estamos debidamente preparados para ello los habitantes del Mundo Feliz), que te sientes mal ya solo de pensar por dios no lo quiero oír más. Pero es que para los que somos racionalistas, conductistas y a la vez Nietzscheanos (y por esto, según como, un poco marcianos depende del círculo de relaciones que nos rodee), no nos sirve. Así de simple. Como no nos sirve aquello de lo que tenga que ser será, eh, y aún hay más,  que si no es, es que no tenía que ser, ergo  no hay necesidad de preocuparse. Ay no, qué pereza de argumentos. Pero todo esto da igual, porque el miedo, este tipo particular de miedo, está ahí, sigue ahí, instalado en tu cerebro.
Tú, que sabes que la vida que alimentas hoy por hoy, no es todavía un ser humano. Es un deseo, una proyección, un posible, un ser en potencia que todavía no es y quizá no sea jamás por más que visites webs de nombres para niños. Que si lo analizas no es más que el miedo simple a perder la oportunidad de cumplir un sueño y algo más, que es quizás, lo más importante y menos simple de explicar, la culpabilidad. Tan sencillo y tan complejo. Hace unos días un post con foto de la pequeña barriga abultada de la valiente Paula Bonet: autorretrato en ascensor con embrión con corazón parado. ¡Tan difícil entender ese duelo! Pero tú, que hasta hace unos meses hubieras vivido esa interpelación como ajena, de repente empatizas a la perfección con ese dolor hoy en día silenciado y su reclamo de visibilidad.
No se habla mucho de ese 25% de abortos espontáneos en embarazadas mayores de 35. (Ni del 15% de las más jóvenes, ni del 50% de las más mayores). Se habla en foros sí, y en páginas especializadas. Por el anonimato de la red se encuentran cientos de madres que explican cómo viven atemorizadas durante veinte semanas mínimo de su vida. Y cuántas miles más seremos las que leemos sin comentar buscando respuestas, solidaridad. Apoyo en la soledad que trae consigo el silencio de un tema hecho tabú. No se habla abiertamente del aborto espontáneo porque todavía hoy la capacidad reproductiva está asociada a la culpa. Nos sentimos culpables, comenzando, por no ser capaces de gestar. Todavía en el imaginario colectivo resiste la idea de que la función procreadora de las mujeres constituye su esencia. Si no puedes, culpable. El miedo al aborto espontáneo viene precedido en muchos casos por la frustración de llevar meses, años intentando ese embarazo que cuando llega pasa a ser en tu cabeza la última oportunidad. Culpabilidad por aumentar el porcentaje de infertilidad con la edad, por esperar demasiado a tener un hijo. Es tu culpa si priorizaste tu carrera, tu independencia, tus amigos, viajar, realizarte o tomarte un vino al solecito de una terraza. Tu culpa también si no encontrabas al hombre adecuado, ese al que te inculcaron, debes siempre aspirar. El incremento de riesgos asociados al embarazo tardío ya pasa a ser un problema que nos hemos buscado solitas.Y qué decir de las conexiones con la culpa, la gran culpa, asociada al juicio sobre las mujeres que deciden no tener hijos. No culpamos, por supuesto, al gobierno o a un sistema económico y social perverso que convierte tener un hijo en un acto heroico para muchas economías. Que además se encarga de persuadirnos que criar es una rama más del consumismo obligado y por lo tanto favorece los modelos tradicionales de familia. ¡Eh! pero no el comunitario, no te vayas a engañar. Eso es volver a la tribu, al comunismo, herejía y no se hable más. Aquí solo pasa por normativo el modelo tradicional liberal moderno de papá-mamá, que sin dos sueldos no se puede comprar la felicidad de un hijo. Suma y sigue con la culpabilidad. Culpabilidad moral si decides tener un hijo sin pareja, ¡pero cómo! Si te quedas embarazada sin querer tira palanteque qué le vamos a hacer pobre criatura, pero decidirlo porque sí, porque puedes, porque quieres, privarle a un hijo del amor (o desamor, eso da igual, no es lo importante para ellos) de un padre sin que puedas o puedan hacerte la víctima, no se entiende, no  te entienden, luego culpabilidad. Varios abortos espontáneos, culpabilidad. Mejor te callas y no lo cuentes más que a tus íntimos porque ya viste la mezcla de paternalismo y desprecio con que trataron literalmente de infértil a la compañera que sufrió el duelo de las pérdidas por duplicado, el público y el privado. En resumen, eres mujer, eres culpable. Esa culpa, al fin y al cabo, es tan antigua
Quizá debamos comenzar por cuestionar de dónde viene esta anticipación de duelo, que sospecho vivimos tantas mujeres en soledad de pura incomprensión. Hablarlo, seguro nos ayuda. Comenzar a trabajar sobre los orígenes culturales de la culpa. Visibilizar las luces y las sombras de la maternidad, qué intereses y violencias (de género, de mercado) se nos ocultan. No creo que la mayoría aspiremos a vivir un embarazo de anuncio, de barriga perfecta y felicidad sin tregua empapelando de ositos la pared de un cuarto. Aspiramos, sencillamente, a que si nos toca llorar una pérdida seamos al menos capaces de entenderlo. Atravesar ese dolor sin el peso de la culpa, sin el lastre de lo que se oculta y aceptemos, simplemente, que vida y muerte forman parte del proceso. Quizá no logremos achicar demasiado el miedo, pero tal vez hagamos de su curso algo más natural y en este viaje incierto de la maternidad tardía occidental seamos algo más libres y felices en el intento.


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